Los seguros, un motor económico en la sociedad desde hace más de 4.000 años

Manuel García, Director Técnico en Assiteca España

 

El 14 de mayo se conmemora el Día Mundial del Seguro. Por ello, vamos a transportarnos a los orígenes del mismo. Los seguros tienen una larga e increíble historia, así como una visión desde diferentes culturas, lo que nos hace pensar que son más globales y mundiales de lo que podríamos imaginar.

No en vano, hace más de 4.000 años ya aparecieron los primeros seguros, relacionados con el transporte marítimo. Babilonios, griegos, romanos o hindúes ya se protegían frente a la falta de fortuna de lo que un viaje en la mar suponía. Viajes infinitos en mares que hoy siguen siendo los mismos y donde sus temporales arrecian con mayor dureza. Antaño, la aventura marítima comenzaba con esas naves, para nosotros antiguas, pero que en aquellos tiempos eran el máximo exponente en tecnología, y que surcaban las aguas corriendo grandes riesgos para esas bodegas repletas de ánforas llenas de aceite, vino o garum.

Los marinos intrépidos comenzaron a proteger sus intereses con lo que se llamaba, y aún se llama, “préstamo a la gruesa”. Consistía en que uno o varios individuos prestaban el dinero, según lo que valían aquellas preciadas mercancías objeto de transporte, así como sus embarcaciones, al aventurero que se hacía a la mar para navegar en aquellas rutas de comercio marítimo de Rodas, por ejemplo.  Todo a cambio de unos intereses que, el que apostaba, cobraba cuando se arribaba a puerto sano y salvo.

 

Con el tiempo, las “apuestas” aumentaron, cual juego de azar, ampliando el “préstamo a la gruesa” con otros conceptos tales como la “contribución a la avería gruesa”, que en caso del hundimiento de la nave se podían ver abocados a lanzar la mercancía por la borda y, de esta forma, salvar la embarcación.

En otras culturas y en otros tiempos se dio a conocer el Código de Hammurabi, que data de 2.250 años a.C. y se fundamentaba en la conocida ley del “ojo por ojo, diente por diente”. En esos mismos rangos de tiempo, los egipcios, capaces de realizar construcciones inverosímiles como sus pirámides, sepulcros majestuosos para sus Dioses y Reyes, ya comercializaban seguros de decesos, donde a cambio de una prima mensual se podían hacer cargo de los costes del funeral. Así, los egipcios fueron los pioneros en los seguros de decesos, mientras que los romanos lo fueron de los seguros de vida. De hecho, en la Ciudad Eterna era normal que los colectivos religiosos romanos recogieran “el dinero” y en caso de muerte de uno de ellos lo repartían entre sí.

La historia

La historia del seguro siguió evolucionando con fenicios, sirios y palestinos, asegurando el comercio del Mediterráneo hasta los tiempos de la Edad Media, tanto en Europa como en el Cercano Oriente.

Singladuras por el Mare Nostrum, repleto de piratas, hicieron que las apuestas fueran a más, porque, no en vano, esto del seguro no es más que una apuesta. Una apuesta que surge de la buena intención de las partes, tanto del que corre el riesgo como del que financia la aventura. Así, en el sigo XIV aparece el primer contrato de seguro escrito, donde el navío Santa Bárbara, cuyas rutas de comercio los llevaba a arribar a los puertos entre Génova y Mallorca, apareció como beneficiario de dicho seguro.

Y del primer contrato de seguro escrito, en este recorrido a lo largo del tiempo, recalamos a Londres, donde corría el año 1666, año en que se dio el famoso incendio que asoló la ciudad, dejando más de un tercio sin casas ni hogares. Durante tres días el incendio mató a centenares de personas y unas 80.000 se quedaron sin nada. Fue el punto de partida de la aparición de las grandes aseguradoras. Como suele suceder, solo las grandes catástrofes nos abocan a cambios drásticos. Nuestra historia está llena de esos puntos de inflexión y un ejemplo de ello es el Titanic.

En el siglo XVII ya hablamos de otros seguros como el de vida. Aquí se comienza a indagar en cómo se puede calcular el coste previo para los seguros de vida. Conceptos como la probabilidad, gracias a las teorías de Galileo y Pascal, esperanzas de vida o tablas de mortalidad fueron variables y el detonante de las bases que a día de hoy regulan las primas y tasas.

De hecho, situémonos en Londres y que mejor que hacerlo tomando un té. Vayamos concretamente a una cafetería que abría sus puertas en 1687 en Tower Street, junto a los muelles de Londres, y donde comenzó a fraguarse lo que, hoy en día, conocemos como el mercado del Lloyd`s.

Las gentes lo regentaban buscando el cobijo del calor de una chimenea, mientras se saborea un té o un café, y donde las apuestas se presentaban por doquier, así como los chismorreos. Apuestas que buscaban jugar con saber quién estaba navegando entonces, que capitán, a dónde iba y si habría llegado a su puerto de destino. Eran tales las apuestas, que incluso se apostó por si el Almirante John Byng, conocido en la historia por perder la isla de Menorca en manos de los franceses en 1756, iba a ser ajusticiado por su derrota en tal batalla. Lamentablemente, los que apostaron por ello ganaron dado que fue sentenciado a muerte y fusilado el 14 de marzo de 1757.

 

Y es que las apuestas se fundamentan en tener información y saber de ella, cualquier jugador de póker o mus lo confirmaría. Por esta razón, el propietario del café, un tal Edward Lloyd, se dio cuenta de que sus clientes estaban tan sedientos de café como de información para potenciar sus apuestas y chismes, con lo que formó una red de informantes y creó un boletín con información sobre puertos extranjeros, bajas y altas mareas, temporales, así como de idas y vueltas de los buques y naves.

 

Así nació la “lista de Lloyd’s»

En la cafetería de Edward Lloyd, Primer Barón Mostyn, se subastaban barcos y se reunían capitanes de navíos para compartir y narrar sus aventuras en la mar. La evolución fue tal que, entonces, comenzó a ser muy complicado discernir entre lo que eran apuestas y los contratos de seguros. Y es en ese momento cuando todo se formaliza. De esta forma, si alguien quería asegurar un buque, ese era el lugar indicado. Entre tés y cafés, el contrato era redactado y el asegurador firmaba debajo en lo que hoy conocemos como póliza de seguro, de ahí el término “underwriter”. Así, “Lloyd’s of London” pasó a ser uno de los nombres más famosos en la industria de los seguros, convirtiéndose y evolucionando con el tiempo en la Sociedad de Lloyd’s (Lloyd´s Register).

 

A título meramente anecdótico y como hemos hablado del Titanic, un tal Willis Faber & Co, bróker de seguros, llegó a la sala de suscripción de Lloyd’s el 9 de enero de 1912 para asegurar el Titanic y su barco hermano, el Olympia, en nombre de la White Star Line. Se aseguró el casco por un millón de libras, alrededor de 95 millones de libras actuales. El final de la historia lo conocemos, nadie olvidará ya la fecha del 14 de abril de 1912.

En otros ramos, como el de vida, en 1762 nace la primera empresa que se basa en las nuevas teorías de probabilidad, esperanzas de vida y tablas de mortalidad: “The Equitable Life Assurance Society”.

De las mercancías a los barcos y de los barcos a todo un sinfín de nuevos riesgos que, con el tiempo, evolucionaron junto con la tecnología, la sociedad y el devenir del tiempo siempre insaciable e incansable. La evolución de los seguros nos ha llevado a que existan no solo múltiples variantes de ellos, sino la aparición de otros nuevos como el de Cyber Risk.

Los seguros son, sin duda, un motor económico en la sociedad desde hace más de 4.000 años.

 

 

 

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